Esposado


Cuando niño, tal vez 9 o 10 años, me imaginaba en una bonita relación con una bellísima mujer. Lo recuerdo muy bien. Tal vez era un escuincle precoz, no lo sé. Desde aquel entonces empecé una búsqueda que constantemente terminó en fracasos y decepciones. Esa fue mi amorosa infancia: plagada de decepciones y fracasos que derivaron en un vergonzoso instinto misógino. Recuerdo que a los 10 le canté serenata a una niña que se puso a llorar; a los 13 escribí una carta que metí en la mochila de un niña que me acusó con la directora y casi me expulsan de la escuela (fue el colegio Arji donde cometieron semejante barbaridad educativa). Compré rosas y chocolates que jamás llegaron a su destino. Fui creciendo y me volví feroz. Quienes me conocen lo saben. Soy, o más bien era, de esos iracundos del cáscarón que apenas tocan la almohada desprenden el llanto contenido. Me volví informal en mis relaciones, siempre anteponiendo la honestidad, según yo. Resultado: Mayor soledad. La verdad es que mi muy personal historia de amor ha sido muy intensa, en el sentido que atreví a llegar a lo más profundo de mi propio ser, en las condiciones más difíciles. Por supuesto que hay mil anécdotas que contar, pero no estoy para aburrir a mis dos lectores. En fin, un día, después de muchos años, decidí salir y empezar a vivir una vida más plena y fue entonces que conocí a Becky, con quien se ha consolidado lo que considero ha sido el esfuerzo de mi vida. Definitivamente ella es una prueba de que todo esfuerzo conlleva una recompensa. Y por supuesto que la lucha no termina aquí, de hecho apenas empieza. Pero me queda muy claro que ambos estamos dispuestos a ser una pareja muy pareja.